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4 3 2 1: la nueva novela de Paul Auster

La flamante y ambiciosa novela del escritor neoyorquino, que alcanza casi el millar de páginas, narra las peripecias vitales de un mismo personaje, aunque en cuatro versiones, según donde lo lleven las vueltas del destino y los pliegues del tiempo

Desde el mismo comienzo los libros de Paul Auster se mostraron cautivados por las fuerzas azarosas que nos gobiernan. No sólo, como ya ocurría en Dickens, por las coincidencias que impulsan la trama. Había algo más. Una inocente fotografía terminaba revelando sin buscarlo un tremendo secreto familiar, como ocurre en el autobiográfico La invención de la soledad. En Ciudad de cristal, una de las novelas que forman Trilogía de Nueva York (cuando el estilo de Auster era más minimalista y recordaba un poco a Beckett), el personaje principal podía terminar delante de la puerta del autor, tocándole el timbre. En Leviatán, se forzaba la aparición de lo que de otra manera nunca habría ocurrido. Hay una famosa escena en que una artista performática, inspirada en Sophie Calle, encuentra una agenda perdida, descubre que su dueña trabaja de prostituta y decide ponerse en esa piel ajena. Lo azaroso también podía ser lo puramente contingente, irrepetible: en Smoke, guión basado en un uno de sus cuentos, el protagonista fotografiaba cada día a cierta hora la misma esquina de siempre, frente a su tabaquería de Brooklyn, el barrio donde vive Auster. El resultado nunca era el mismo.

Desde la publicación de aquellas obras de fines de los años ochenta y noventa pasó mucha agua bajo el puente. En sus últimos libros, Auster llegó a bañarse más de una vez en el mismo río. ¿Cómo evitar la repetición? Quizás con un artilugio como 4 3 2 1, ambicioso y difícil de inventariar. La flamante novela, que salió en enero en inglés y se conoce ahora en español, editada por Seix Barral, aborda cuatro posibles destinos de un único y mismo personaje. El experimento narrativo del escritor neoyorquino es cualquier cosa menos conciso: 4 3 2 1 alcanza las 957 páginas. Resulta, por lejos, la novela menos austera de Auster.
¿Quién es, a fin de cuentas, Archibald Ferguson, ese personaje mutante al que el lector sigue durante su infancia, adolescencia y juventud, las etapas que contempla el libro, para descubrir su parábola vital multiplicada por cuatro? “Archie” nació en Nueva Jersey, en 1947: año y lugar coinciden con los del propio escritor, aunque nada de eso convierte al personaje en un necesario álter ego. También es de ascendencia judía, como Auster, a pesar de ese clásico apellido escocés, Ferguson, que deriva de un erróneo registro inmigratorio. Hasta la identidad que se esconde en el sello de un nombre depende de los caprichos de la suerte, parece apuntar Auster con ironía.

El punto de partida es idéntico; el nacimiento, uno solo, pero a partir de esa célula madre (el capítulo 1.0) las peripecias vitales de Ferguson comienzan a divergir. La novela -para dejar en claro su estructura- está dividida en apartados (1.1, 1.2, 1.3, 1.4; 2.1; 2.2, etc.) donde las vidas de los cuatro posibles Ferguson van siendo afectadas por los lisos y llanos hechos que se le cruzan en el camino, las personas con las que interactúa o los sentimientos que lo dominan.

Ilustración: Sebastián Dufour.
Un prestidigitador norteamericano posmoderno como John Barth, el autor de The Tidewater Tales, hubiera aprovechado las diferencias y correspondencias entre un Ferguson y otro para construir una relojería narrativa indestructible. Auster es más tradicional, evita las pirotecnias. Los capítulos son extensos y minuciosos. Cuando se llega al final de uno y se pasa al siguiente, el lector, como un maratonista que todavía no alcanzó a cambiar de aire, se olvida de que el personaje, aunque es el mismo, es también otro. Sólo queda aceptar la confusión momentánea cuando alguien que ya se había esfumado de la vida de Ferguson vuelve a plantarse delante de él con la confianza del que nunca se fue.

La estructura de 4 3 2 1 permitiría leer cada una de esas vidas de manera individual, como si se tratara no de una sino de cuatro novelas paralelas. En un chat con sus lectores organizado por The New York Times, Auster reveló que la novela fue escrita en el exacto orden en que terminó siendo publicada y que en los vericuetos de la trama hubo, consecuentemente, mucha más improvisación de lo que podría haberse imaginado para una obra de semejante longitud. Quizá por eso 4 3 2 1 tienda al exceso y la deformidad. Y también por eso convenga seguir el complejo orden de lectura que propone el libro, que propicia su efecto clave ya bien avanzada la narración: cuando el lector descubre que cada una de las encarnaciones de Ferguson difiere más en el carácter que en las diferencias biográficas. 4 3 2 1 funciona, para tomar una imagen con la que la novela define un amor imposible, como “un campo magnético de iones positivos y negativos con la misma carga”, no tanto como un firme edificio clásico.
La figura del padre es una de las variables de ajuste, que afecta de manera decisiva el destino de cada “Archie”. En una de las versiones, es traicionado por un hermano ludópata (que en una versión vecina es el feliz ganador de la lotería, lo que lo lleva a morir en el auto de lujo que de otra manera nunca hubiera comprado). En otra, el padre fallece trágicamente; en otra más, es un comerciante de electrodomésticos tan exitoso que no tiene tiempo para interesarse en el hijo. La madre se dedica en más de una de las historias a la fotografía profesional. En la que quedó viuda se casa en segundas nupcias con un crítico musical, fundamental para Ferguson, que, en la narración contigua, es apenas un amable conocido. Hay un amor clave y frenético para “Archie”, el de Amy Schneiderman, que unas cuantas páginas más allá sólo es una amiga entrañable. Niño rico con tristeza (Ferguson 4) o chico retraído (Ferguson 3), Archie se dedicará a la escritura, al periodismo o la crítica de cine. Las disgresiones abundan. De pronto, el insólito cuento sobre un par de zapatos habladores (distractivo, pero muy divertido) se lleva varias páginas. No faltan los accidentes, símbolo de lo azaroso por excelencia. En alguna de las variantes, Ferguson pierde dos dedos; en otra, la vida más breve, reaparece un rayo, que refiere a una experiencia personal que Auster ya contó en algunos de sus otros libros.

Hacía siete años -desde Sunset Park, en 2010- que el escritor estadounidense no publicaba una novela. Entre aquella ficción y 4 3 2 1, dio a conocer Diario de invierno e Informe del interior, dos libros autobiográficos. Tal vez sea un error tomar la nueva obra como un simple juego con las coordenadas del tiempo y los horizontes de posibilidades que abre su manipulación. Más conviene -como señaló algún crítico anglosajón- leerla como un Bildungsroman, una novela de formación a cuatro bandas en la que aparecen, en trasfondo, algunos hechos históricos, contemporáneos de la juventud del propio autor, como la era de Kennedy o la agitación universitaria de los años sesenta.
Auster reconoció que 4 3 2 1 nunca podría haber sido escrita por un narrador joven. Y es cierto. Hay mucha experiencia condensada en sus páginas, aunque no sea materia estrictamente autobiográfica. A la par que narra las vicisitudes de los diversos Ferguson, el libro va dando forma a lo que parece ser una enciclopedia personal privada, un refugio donde salvarguardar para siempre gustos y recuerdos.
Más de una vez, por ejemplo, Auster escribió sobre lo importante que habían sido para él Laurel y Hardy. En 4 3 2 1, el dúo cómico, hoy algo olvidado, es redimido a lo largo de muchos párrafos. Cuando al menos uno de los posibles Ferguson se aficiona a ver películas no se nombra una sino largas listas que, todo lo indica, replican la cinefilia del joven Auster. Algo similar ocurre cuando alguno de ellos lee libros o hace referencia a la música. Incluso el sabor de una golosina merece rescatarse del fondo de los tiempos. O la fascinación por los deportes. La recurrencia del béisbol no sólo refleja un entusiasmo deportivo: parece convocado para poder describir viejas jugadas de las que ya no quedan testigos, excepto las palabras que ayudan a conservarlas.
Auster siempre confesó que no le gustaba Borges. Le atribuía una supuesta frialdad, una presunta falta de emoción. Es llamativo, porque el estadounidense comparte más de una inquietud con el argentino, desde el azar hasta el desconcierto ante las figuraciones de la identidad. 4 3 2 1 a su manera permite entender qué los distancia. Borges necesitó unas pocas páginas para “El jardín de senderos que se bifurcan”. Auster es casi su negativo. Para sus vidas que se bifurcan necesitó todo el espacio del mundo.

Por Pablo Rey para LA NACION

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