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New York por Mariano Manzanel

 

New York | Mariano Manzanel

Nunca se lo confesé a nadie.
Pero en aquel viaje, el miedo, el desorden, el frío y la locura se apoderaron de mí.
Un viaje soñado, esperado, se desvanecía poco a poco.
“ De una patada en el trasero fuiste de Claypole a EE.UU sin escalas, ¿qué pretendías?” -sentenció mi terapeuta, como justificando mi comportamiento en la gran manzana.
Sin embargo, allí estaba. Caminando sin alma. Por las calles atestadas de gente.
No podía respirar siquiera. Sentía un encierro cada vez más profundo.
La culpa me seguía a cada paso. No poder disfrutar de lo que había soñado, no me dejaba dormir.
Las luces eran intensas. Siempre lo son de este lado del mundo. Me encendían la ropa.
Yo caminaba disfrazado de pánico y confundido, disimulaba que lo pasaba de maravilla. La gente se reía, se sacaba infinidad de fotos. Yo los contemplaba. Con enorme tristeza.

Al regresar al hotel, otra vez la asfixia me ensombrecía.
Dentro del ascensor viajar con esas miles de personas era aterrador. Llegar a la habitación, meterme en la cama y taparme, era el único alivio. De allí no quería salir.
Al día siguiente, la nueva parada fue el Central Park. Un día más. Un desafío más. Me movía buscando respirar.

Un viejo con la barba hasta el piso, hijo del sol, recostado a la orilla de un lago, me sacó del letargo. Me acerqué. Luego de recibir mi billete, me regaló una sonrisa cálida, una mirada penetrante. El peligro sucumbió, se esfumó ante esa mirada.
Sonreí por primera vez desde que llegué.
Dejé de flotar, sentía mi respiración.
Hasta me alegré.
Fui abriendo los ojos, como despertando, poco a poco, paso a paso. Logré pensar en la cena. Tomar una copa de malbec francés, pensé.
De pronto el miedo. Otra vez. Iba y venía.
Decidí caminar por el parque infinito, en dirección a la séptima avenida, rumbear para el hotel y meterme en la cama.
Antes, recuperé el aire, me senté en un banco. Prendí un cigarrillo. Y otro más.

Vi cómo conversaban las personas. Los taxis, pintaban toda la cuadra de un amarillo intenso.
El sol caía. Con él la tarde.
Nevaba en New York.
Me acomodé el gorro para cubrirme del frío.
En ese instante volví a divisar entre la gente al viejo, con su barba eterna.
Fui en busca de él y le regalé otro billete. Le agradecí con mi inglés rudimentario. Me devolvió una mirada, esta vez, paternal.

Volví a respirar aliviado. Ya me sentía bien, en mis cabales. Aplasté el cigarrillo y canté: “New York New York”.
Puse las manos en los bolsillos de mi campera y eché a andar hacia el hotel, contemplando ahora, maravillado, la ciudad encendida.

Nevaba en New York. Así la había soñado.
Me di vuelta y el viejo ya no estaba.
Sentí miedo.

*Material libre de ser compartido en donde quieran. Los medios podrán tomarlo libremente, solo solicitar fuente: Mariano Manzanel para www.ferminlibros.com

  • Creado por Mariano Manzanel
  • on septiembre 21, 2015
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