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Entrevista a Raúl Zurita por Vivian Dragna

Raúl Zurita: el poeta de la muerte.

Vivian Dragna Buenos Aires, 2015

Cuando supe que el poeta Raúl Zurita vendría de Chile a dar una conferencia, sentí un interés particular por conocer su obra. Al principio no entendí ese impulso en leerlo y escucharlo en entrevistas subidas a la web. Menos entendí, por qué lloré con uno de esos videos. Tal vez eran sus palabras o el movimiento de su cuerpo. O todo eso junto. Parecía que luchaba con algo, y eso era el Parkinson, o tal vez el enemigo era otro y Zurita deseaba alejarlo y parecía no conseguirlo. Ahí decidí que lo abrazaría fuerte. Pude hacerlo cuando lo despedí, un día después, en el hotel donde se alojaba.

– ¿Que te llevó a escribir poesía?

La poesía me ha apasionado desde siempre, pero comienzo después del golpe. Yo estaba muy mal, los primeros seis años fueron muy difíciles, para mí la escritura fue como un acto de resistencia, para no enloquecer. Y para escaparme un poco de todo eso, pensaba cosas locas como aviones escribiendo poemas, después también se me ocurre un verso escrito en el desierto.

– Cuando estabas detenido en el carguero Maipo, escribías poemas que memorizabas y luego destruías.

Los escribía a mano, era bien ordenadito, escribía en unos cuadernillos, diagramaba el poema, para mí la forma es tan importante como las palabras. Luego los borraba con una goma. Ninguno de los lenguajes que conocía me servía para contar mi experiencia infernal. Fue como aprender a hablar de nuevo. Busqué algo que fuera tan contundente como el dolor que pasé. Ahí me imaginé “Purgatorio”.

– Leí que cuando comenzás algo, escribís cinco minutos y si te aterrás, lo dejás, porque tenés la sensación de que si seguís escribiendo se va a echar a perder.

Si, lo dejo. Escribo una frase, intuyo algo, me aterro y recién después de un tiempo voy a la próxima frase. Pero esto no necesariamente detiene mi obra, porque cuando estoy por la mitad, puedo dejar de dormir por días, me obsesiono, el texto me invade y ya no quiero parar.

– Acerca de la felicidad: en tu ensayo “Sobre el amor, el sufrimiento y el nuevo milenio”, escribiste que los felices no sienten su existencia porque están felices.

Sí, es así. El que sufre siente su vida de una forma desorbitada, piensa que tal vez puede acabar con esa vida, entonces cada latido es una elección, cada segundo está decidiendo vivir. “Felices los felices”, escribió Borges.

– En 1985 escribís el poema “Canto a un amor desaparecido”. Yo me pregunto: ¿es un canto al amor que se va, al propio amor que se va o es un canto a los desaparecidos?

¡Bravo! Todos parten de la base inmediata que es a los desaparecidos, claro que lo es, pero también es un canto a “su amor” desaparecido que es el otro o la otra pero también es “tu” amor. El título del poema es multisignificativo.

-¿Qué estás escribiendo actualmente? ¿El Parkinson afecta tu escritura?

No puedo dictar, no me acostumbro. Con alguna dificultad pero escribo en la computadora. Estoy terminando un libro de ensayos.

– ¿A qué le temés?

A la depresión.

– Tenés buena memoria. Podés recordar poemas enteros propios y ajenos.

El problema no es tanto la memoria, sino la imposibilidad de olvidar.

-Ya escribiste un poema aéreo de 15 frases y un verso en el desierto que mide 314 kms, que sólo puede verse desde lo alto y que dice “ni pena ni olvido”. Contame del nuevo proyecto de frases proyectadas sobre el acantilado.

Yo he tratado de trabajar con mi vida hasta dónde es posible, a partir de mi realidad, no porque sea algo especial, es lo que tengo a mano, entonces también por qué no trabajar con la muerte, algo ineludible. Cuando todo se termine, cuando se apaguen las proyecciones, va a quedar solo el ruido del mar. Se trata de 22 frases proyectadas desde un barco hacia el acantilado. Empiezan a aparecer en la medida que atardece, va a llegar en su punto máximo en la noche cerrada, y va a quedar la imagen congelada en la última frase, hasta que la luz de la mañana la desarme. Lo veo como una metáfora de la muerte. Es mi último proyecto. Las frases irán apareciendo de a una: “Veras un mar de piedras / veras margaritas en el mar / verás un dios de hambre/ ….veras amores en fuga…/ veras cielos en fuga / veras que se va / veras no ver / y llorarás”.
Zurita me conmovió por completo. Sin padre desde los dos años, criado por su abuela italiana en situación de pobreza, arrestado y torturado por lo dictadura de su país, encontró en la poesía el lugar donde expresar su dolor y para contar de los ríos, de las montañas y desiertos: un espacio donde la naturaleza llora junto a él. Pero Zurita también utilizó su cuerpo para pronunciar su impotencia frente a la realidad. Lo hizo en la soledad de su casa, como un acto íntimo de lucha y de búsqueda de sus propios límites.

-¿Es verdad que te tiraste amoníaco en los ojos?

Sí, pero el cuerpo me traicionó, cerré los ojos, no hay nada más fuerte que el instinto. Yo quería quedarme ciego.

– ¿Qué te llevó a quemarte la mejilla con un hierro caliente?

Yo vivía en una situación de pobreza feroz, muy desesperado, tenía a mis veintitrés años, tres hijos, estaba separado, la vida se me había adelantado. Me sentía solo, no sabía a quién recurrir. Los militares no me dejaron entrar a un evento, tal vez por mi aspecto. La humillación fue terrible. Entonces recordé el principio evangélico de “ofrecer la otra mejilla”, fui a mi casa, calenté un hierro en el fuego del calefón y me quemé la mejilla.

La foto de su mejilla quemada, fue tapa de su primer libro “Purgatorio”, 1979, (alusión a Dante). Dice que este libro lo llevó al fondo de sí mismo. Que lo escribió en “los momentos más oscuros de la noche chilena y en la parte más desesperada de la vida”.

Zurita me conmueve pero hay algo más. Ahora lo entiendo todo. Por primera vez en mi vida me encontraba cerca de alguien que había sido detenido y torturado. El poeta abrió algo en mí. Un surco. El dolor y la muerte presentes en sus versos entraron por ese cauce, se instalaron y ya no puedo ser la de antes. Haber hablado con él y conocido sus circunstancias, haberlo abrazado fuerte, me hace feliz y me perturba. “Surgió la muerte, surgió el poema como una respuesta al abismo”, lo escuché decir. También: “la poesía puede ayudarte a vivir pero también puede destruir tu vida” y “todo amor es urgente porque nos vamos a morir”. Zurita es frágil, le cuesta caminar, usa una barba tupida que es blanca. Escucharle sus textos estremece. Raúl Zurita es un poema.
Raul Zurita nació en Santiago de Chile en el año 1950. La obra de Zurita ha sido vencedora del Premio Pablo Neruda y del Nacional de Literatura, entre otros tantos; destacan sus poemarios “Purgatorio” (1979), “Anteparaíso” (1982), “La vida nueva“(1992) “Los poemas muertos” (2006) y “Zurita” (2011) y su ensayo “Sobre el amor, el sufrimiento y el nuevo milenio” (2000). En la actualidad enseña en el Departamento de Literatura Creativa de la Universidad Diego Portales de Santiago de Chile.

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