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Dejar Punta Indio por Gastón Garriga

Quique Arriaga

Por Quique Arriaga, Pase al vacío

I

Cuando trotan alrededor de la cancha, en la entrada en calor, parece que el Laucha se va a caer sólo, de tan frágil. Lleva un pantalón con tres tiras de color indefinido por tanto lavado y los botines de cuero, al menos dos números más grandes, pero en buen estado.

-Ese te va a sorprender-, le dice bajito, casi al oído, el profe al entrenador de inferiores de Defensores, que ha venido especialmente desde el pueblo de al lado.

-¿Cuál? ¿El de los botines afanados?

El profe vacía la bolsa de arpillera. Caen seis pelotas, casi todas ya maltrechas. El Laucha puntea justo la más nueva y se la saca a un compañero. Se pone a hacer jueguito. Izquierda, izquierda, derecha, rodilla, izquierda más fuerte, hombro, derecha de vuelta. La duerme en el empeine sin dejarla tocar el piso. Algunos pibes dejan caer su pelota sólo para mirarlo.

Primer ejercicio, dribling y definición. Cuando el Laucha zigzaguea entre los conitos, casi no se lo ve pasar de tan rápido. Termina la línea de conitos y define sin levantar la vista. La cruza junto a un palo y vuelve a la cola. Se escucha un “bien, Laucha”.

-Es un pedo líquido el guacho-, reconoce el entrenador. El profe asiente con la cabeza.

-Te dije.

La vez siguiente vuelve a pasar entre los conitos con habilidad. Para definir, la pica, la pelota vuela alto, parece que se va a ir, pero cae de golpe, justo en un ángulo. El Laucha no anuncia sus movimientos, como la mayoría de los pibes, ni se pone nervioso. El entrenador, silbato en la boca, se rasca la frente.

Pitido largo y fuerte. Se tienden en el piso, alrededor del entrenador, que se sienta sobre la pelota. Laucha busca alguna mata de pasto entre tanta tierra. El profe, cruzado de brazos, mira la escena a unos pocos metros de distancia.

-Adentro, en las aulas, se están cambiando los chicos del club para jugar un picado. Son una categoría más grandes que ustedes-, les miente. Sabe que la diferencia son dos años, tres en algunos casos. – Jueguen tranquilos y traten de ser ordenados, de pasar la pelota siempre a un compañero. El resultado no importa, hoy no se define nada. Vamos a entrenar una vez por semana todo el semestre. Al que le interese quedar en el club, tiene seis meses para demostrar lo que vale.

El entrenador de Defensores será el réferi. El profe, que los conoce un poco, porque hace apenas un mes empezaron las clases, debutará como DT. Se reparten las pecheras: naranja para los de Defensores, amarilla séptimo grado de la escuela.

-Salúdense, vamos-. grita el réferi y los pibes se dan la mano sin ganas.

A los cinco minutos de partido, los locales tienen la lengua afuera. Los visitantes tocan, descargan y avanzan con pelota dominada. Hacen diez, quince pases seguidos. Los de amarillo corren siempre de atrás, desordenados. Cada tanto uno traba o rechaza y la pelota termina en el lateral o en los pies de otro naranja, que vuelve a empezar desde más atrás, limpito.

El Laucha se vuelve a atar los botines de payaso, pasando el cordón, que le queda muy largo, alrededor del tobillo. Se para y mira atento, en dirección al profe, pero no recibe ninguna  indicación. Decide bajar unos metros, a ver si así puede tener un poco la pelota.

Enseguida recibe de espaldas, en el centro de la cancha, donde debería haber un círculo pintado, pero sólo hay tierra despareja. Gira, la pisa y hace pasar de largo a un rival. Sale hacia la derecha y toma velocidad. Mira de reojo a su perseguidor. Le tiran un guadañazo y lo esquiva. Lo mismo el segundo.

Entrando al área, el último defensor, un grandote, colorado, cara de gringo, le pisa la punta del botín y lo golpea con la rodilla. Laucha cae y pierde un botín en la caída. Queda a la vista una media agujereada. Un par de los rivales lo señalan y ríen. Laucha busca con la mirada al que lo golpeó. Es el 6, sus compañeros lo llaman Ruso. Laucha se toma la pierna. Intenta disimular la mueca de dolor. Se para con dificultad y pide penal. El réferi le responde que fue afuera, que corresponde tiro libre.

-Callado, Laucha, callado-, le grita el profe.

Mientras Laucha se frota el tobillo, otro patea. La pelota rebota en la barrera y del contragolpe nace el primer gol de Defensores.

-¡¡Despiértense, boludos!!-, el Laucha les recrimina a sus compañeros.

-Vamos, vamos que no pasó nada-, el profe grita y aplaude. Su voz, fuerte y firme, tapa la del Laucha.

El rato siguiente, el Laucha se dedica a ponerles pases al vacío a los delanteros, para que queden frente al arco. Pero ellos patean al bulto o sin potencia. Pitido largo, trago de agua y cambio de lado.

Sigue siendo todo de los naranjas, por afano, pero apenas ganan uno a cero. El arquero amarillo, desde el piso, estira la pierna derecha y tapa un remate cruzado que se metía junto al palo. Le deja una marca roja en la pantorrilla. Le arde, se frota. El Laucha le pasa por al lado y  se muerde el labio inferior.

Corner. “Uno con cada uno”, grita el profe y en el área se arman las parejas, como si fuera un baile. El Laucha busca para marcar al Ruso, que le saca una cabeza. Lo aferra de la pechera con las dos manos, desde atrás. Cuando viene el centro llovido, el grandote corre unos pasos y gira la cintura. Laucha vuela por encima de él, como cuando un perro se sacude las pulgas. Saque de arco. Vuelven cada uno a su posición, mirándose. Laucha escupe en el piso, cerca de los botines del Ruso, sin dejar de mirarlo.

Desde el fondo sacan rápido para Laucha que la domina. La defensa está mal parada. En dos trancos, Laucha queda en posición de gol. El arquero sale a achicar pero él, en vez de definir, espera al Ruso, el grandote que ya lo sacudió varias veces. Quiere gambetearlo, dejarlo desparramado por el piso, bien humillado antes de hacer el gol. Después se lo va a gritar en la jeta.

El Ruso, lanzado en velocidad, le pega una paralítica, que lo toca justo, una milésima antes de que antes de que terminara de pasar bailando delante de él, y lo desacomoda en el aire. El Laucha cae, el Ruso abre las manos como si tuviera un resorte en el pecho y se aleja dos pasos. Con esfuerzo, el Laucha se para y se le va al humo. Le tira dos piñas. La primera, un apercap al mentón, la esquiva sin problema, pero la segunda, recta, le da  en la boca del estómago y lo dobla. Se trenzan, caen y ruedan.

El profe se mete en la cancha, que es también el patio, donde se iza la bandera y se juega en los recreos. Lo rodea con un brazo, lo alza en el aire y lo aleja del tumulto.

-Laucha, te volviste loco-.

-Soltame, hijo de puta.

-Calmate, Laucha.

-¿Qué Laucha? Para vos soy Lautaro, forro.

El profe lo suelta, pero hay otros jugadores de Defensores que también quieren pegarle. Se vuelve a poner delante, para protegerlo. Sus compañeros de séptimo, sin excepción,  se quedan en el molde. Algunos se secan el sudor de la cara con la pechera o aprovechan para acomodarse las medias.

El grandote ríe. El Laucha llora de rabia. El réferi le señala la tranquera, más allá la ruta y el camino de vuelta a casa.

-El pega y me echás a mí, ¿qué es, tu hijo?-, alcanza a decirle al referí.  –Ya te voy a agarrar a vos-, lo amenaza al Ruso cuando le pasa cerca. Él le contesta con señas: se pasa un dedo por el cogote.

II

Laucha se sube a su bici y pasa junto al micro escolar que trajo a los de Defensores. Le arde la nariz y siente la cara hinchada. Pedalearía más cómodo con las alpargatas que tiene en la mochila, pero no le dan ganas de sacarse los botines tan pronto.

Vuelve pedaleando lento, mirando más para abajo que para adelante. La cadena está estirada y se va a salir apenas agarre un pozo o un desnivel. En el campito de la derecha, una bandada de caranchos se come los restos de un caballo. Laucha frena, se baja, junta unas piedras y se las tira. Los caranchos se dispersan y él vuelve a pedalear.

El refugio donde paran los colectivos amaneció pintado con cosas de política: letras blancas y celestes, como la camiseta de Argentina. El resto se ve igual, como siempre. Algunos manchones de escarcha todavía salpican el pasto y el camino acá y allá. Es la puta humedad, Laucha lo sabe bien. No entiende porqué, con lo grande que es el país, su vieja eligió justo este lugar para vivir.

En la escuela, más temprano, le mintió a la maestra.  Le dijo que se había olvidado el  cuaderno, para no mostrar que llevaba semanas sin hacer la tarea. “Traelo mañana”, respondió ella, sin sacar la vista del pizarrón. “Si querés, pedí una hoja prestada, así copiás el ejercicio de hoy y no te seguís atrasando”. Pero él prefirió no pedirles nada a sus compañeros -en realidad, no  exponerse a otro “no”- y pasar la mañana de brazos cruzados.

Pasa el puente sobre el arroyo conteniendo las ganas de derrapar en un charco y dobla en el arco de entrada al pueblo, dejando atrás la ruta. Su casa está en lo que mucho antes fue la estancia Santa Rita, que después fue loteada y vendida para casas de veraneo de gente de guita Buenos Aires y La Plata, ansiosa por respirar el aire del río.

Pero el río se comía los cimientos de las casas, y después las paredes se venían abajo como castillos de naipes. Y traía nubes de mosquitos, que no dejaban dormir la siesta ni tomar mate en la galería. Entonces, los dueños de esas casas se fueron a  Mar del Plata u otras playas de mar y dejaron todo abandonado. Algunos paisanos –pocos- todavía trabajan de caseros, para cuidar que no se metiera nadie.

“Nadie” como la madre y el padrastro del Laucha, o sus primos mayores, que las ocupan. Es que cuando nació el cuarto hermanito y Lautaro ya andaba sólo de acá para allá, el tío les dijo que no podían seguir todos en la pieza de chapa del fondo, que al principio iba a ser un gallinero. Entonces tuvieron que averiguar qué casa se podía ocupar sin problemas. La primera noche fue el padrastro con una linterna, rompió una ventana y estudió bien lo que había. La noche siguiente, se metieron con sus bolsos y algunas cajas. Como había muebles, no necesitaron sus colchones y se los dejaron al tío, en agradecimiento por haberlos bancado tanto tiempo.

-El desalojo le puede costar al dueño en abogados más caro que la casa misma- decía el tío, que los alentaba. -Eso siempre que no tenga amigos milicos, porque ahí te sacan enseguida, te cagan a palos y encima te rompen todas tus cosas.

Una cuadra antes de llegar, Laucha ve la Renoleta del municipio parada en la esquina de su casa. Es una visita fuera de programa: la mercadería del mes ya fue entregada. Se apura para ver qué pasa.

Su madre, con el hermano bebé en brazos, sigue hablando con el tipo sin notar su presencia.  Él es alto y flaco, le da la espalda y fuma, el codo apoyado en el techo de la Renoleta. Laucha se queda a un par de metros de ellos, sin bajar de la bici, cubierto por el furgón, del lado de la calle.

-Bueno, la semana que viene, como a esta hora, va a pasar el micro. Traiga a todos los que pueda-. La voz es grave, aguardentosa. –Me ven primero a mi, que voy a estar con la planilla, y después suben. Es una cagada que justo no esté su marido. Digo, por si quería entrar a laburar a la municipalidad…

-Ya le dije que consiguió una obra grande afuera. No sé cuándo volverá.

-Allá él. Él sabrá lo que hace.

El tipo se sube y arranca sin despedirse. Laucha queda descubierto y su mamá lo mira, como si siempre hubiera sabido que él estaba ahí agazapado.

-¿Escuchaste? Vos venís conmigo.

-¿Cuándo?

-El miércoles que viene.

-¿Justo el miércoles?

-¿No me entendés cuando te hablo? El miércoles. Sí. El miércoles.

-Es que los miércoles después de la escuela tengo fútbol.

La mamá se acomoda bien el bebé sobre el brazo izquierdo y con la mano derecha libre le pega un sopapo bien ruidoso. Mirando el piso, Laucha se saca el guardapolvo y la mochila y vuelve a irse pedaleando, aunque todavía no sabe hacia dónde. Le arde la mejilla, pero no quiere frotársela delante de ella.

III

Como cada vez que no sabe a dónde ir o no quiere estar en ningún lado, Laucha pedalea. Le gusta ver como los árboles y las casas van quedando atrás, cada vez más rápido, cuanto más fuerte pedalea. Entonces se aferra al manubrio, áspero y rugoso, apretando bien las mano, pedaleando fuerte hasta sacarse la bronca. No le molesta que le deje en las palmas ese olor a metal y óxido. Al contrario, después se las lleva a la nariz y se las huele a cada rato. Cuando se sube a la bici, piensa en su tío y se siente mejor.

Fue su tío el que apareció un día con un cuadro de cross oxidado que había encontrado tirado. Él le propuso armarla. Las llantas y el manubrio las rescataron de una playera  que había sido de su primo. Las piezas que faltaban las iba a comprar Laucha, con lo que se ganara ayudándolo a su tío. Durante dos meses cortó pasto, le dio de comer a las gallinas y hasta vendió casa por casa el pescado que sacaban de los tramayos. Todavía era chico para levantar el hacha.

A la tardecita, cuando el tío volvía de pescar o cortar leña para vender, Laucha lo esperaba con el mate ensillado. El tío saludaba a todos, se tomaba un par de mates dulces y se iban para el fondo, a trabajar un rato en la bici. Laucha le acercaba al tío las herramientas, aprendía el nombre y para qué servían.

Con mucha paciencia, juntos aflojaron tuercas agarradas, lijaron, lubricaron y recuperaron piezas que parecían inservibles. Cada tanto, a Laucha le tocaba ir a la cocina a leña a calentar más agua para el mate.

El último paso, antes de armarla, era pintar. Recorrieron medio pueblo buscando quien les prestara por unos días una pistola de aire caliente, pero no lo consiguieron. Al final, colgaron el cuadro de la soga de tender la ropa, un día de sol y sin viento, para que no se le pegara polvo, y la pintaron con pinceles gruesos. Usaron antióxido naranja, que era más barato que los otros colores. Le dieron tantas manos como alcanzó la lata, en cada una tratando de tapar las marcas de la pincelada anterior.

Su tío se enojó un poco cuando lo descubrió tratando de armarla solo, en el fondo, antes de que la pintura secara del todo. Pero, como la cagada ya estaba hecha, terminó por ayudarlo. Esa misma tardecita salió a probarla, primero por la calle y después bajó a la playa. La bici no era linda pero era sólida. Y era tan única que nadie del pueblo se atrevería a choreársela.

Su tío y su padrastro no se fueron a las manos pero Laucha sabe que ya no se aguantan. Recuerda la tensión de la última navidad que pasaron todos juntos. Más botellas de sidra vaciaban los grandes, más le dolía a él la panza, por miedo a que se fueran a las manos, o peor, que manotearan algún cuchillo. Casi no probó el asado de los nervios.

Laucha no se mete en las cosas de los grandes, porque no se quiere ligar un sopapo al pedo. Pero por algo, intuye, esos dos no se hablan hace ya tiempo y su mamá solo visita al tío a escondidas, cuando su padrastro está de viaje. Laucha, siente que es el que más perdió con esa joda. El tío los ayudaba en todo. Y más a él, su sobrino preferido. Ya pasó todo el verano, entró el otoño y la cosa sigue igual.

Nadie sabe más formas de preparar el pescado que el tío -al disco, en empanadas, en milanesas, en escabeche, a la parrilla- y a nadie le sale tan rico. Uno de estos días va a ir a que le corte uno o dos eslabones de la cadena de la bici, así puede volver a colear, saltar y meterse en el barro.

  • Creado por Mariano Manzanel
  • on septiembre 30, 2015
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